Recuerdo perfectamente por qué decidí meterme en la carrera de Filología. Era una de esas raras personas que disfrutaba con los análisis morfológicos y sintácticos, en general, con todo lo que tuviese que ver con la lingüística. Recuerdo que también no sentía una especial atracción hacia la literatura. Me gustaba, pero no era lo que más motivaba. ¿Por qué voy a pasarme horas leyendo líneas y líneas de palabras, si puedo verme una película adaptada en menos de dos horas? Una vez inicie mi carrera, comencé a descubrir un mundo que, aunque lo hubiese tenido cientos de veces ante mis ojos, me fascinaba. No sé si fue por la madurez que viene consigo el ser un estudiante universitario, el salir de la monotonía de Erandio, el pequeño pueblo de la margen derecha del que provengo, y descubrir caras e historias totalmente desconocidas para mí, e incluso ir construyendo historias fascinantes a medida que pasaba el tiempo. O quién sabe, quizá no había dado hasta ese momento con el profesor a...
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